Autobiografía
Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros. Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.
Para la fiesta de agosto el barrio se dividía en sur y norte, y la rivalidad entre bandos celebrantes era severa. Quizá por eso hasta la fecha llevo el corazón partido: sur y norte, mar y altiplano. Mucho después entendí que la división de la comunidad fue una estrategia de guerra que metieron en nuestra sangre los santos padres dominicos, en aquellos días de la conquista.
De mi infancia alcanzo a recordar que era un niño flaco, feo, todo sueños yo, parado junto al camino que conduce al mar. Al atardecer pasaban en la carretera las máquinas que transportaban mercancías rumbo al puerto. Mi barrio era el mundo que se apagaba a las 7 de la tarde, cuando la estación de radio local dejaba de emitir sus transmisiones; el puerto era la luz mercurial, la vida más allá de las 7 de la tarde.
Soy huérfano de padre desde los 9 años de edad y desde ese tiempo traigo un pleito pactado con Dios. El niño parado junto a la carretera que fui pronto se fue al mar, dejé mi pueblo y mi barrio, dejé la fiesta de agosto y agarré camino al puerto, a su parque público municipal donde en una esquina se levantaban los burdeles. Esa geografía era perfecta: en un frente del parque público municipal, la Presidencia y su cárcel, al extremo las cantinas y los burdeles: La Zona Fría, La Barca de Oro, El Faro, El Apache 14.
El puerto de Salina Cruz es el sitio donde me inicié en mis lecturas, y en las putas, y el alcohol. El puerto me deslumbró. Yo venía de un pueblo que carecía de librería y biblioteca pública. Los restos de una biblioteca que un alma de Dios fundó a principios de siglo estaban en la planta baja del palacio municipal. Era un cuarto oscuro donde la policía municipal se metía a obtener el papel para limpiarse el culo. Pude rescatar algo de aquellos libros consumidos por la guardia local, así llegué a leer algo de los autores rusos, la novela de la revolución y algo de poesía del siglo de oro español. A los libros les faltaban páginas, así que me vi en la necesidad de imaginar el final de aquellas obras.
De aquellos lugares de sal y soledades vengo, desde allá viene mi escritura. Sólo soy un hombre que bebe mezcal y té de alpiste. El mezcal me sirve para resistir la vida, el té de alpiste para conciliar el sueño, calmar los nervios.
Habito con mi familia en la ciudad de Oaxaca, de tantos mares que recorrí terminé por convertirme en montealbano. No soy feliz ni infeliz, sólo soy un hombre que mira y siente. Y ésta es mi escritura.