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Oaxaca literario es el espacio donde César Rito da a conocer sus trabajos


césar rito
Autobiografía
Mi nombre es César Rito Salinas, nací un 2 de agosto de 1964, cuando en este país soplaban los vientos del progreso y la felicidad. Mi madre me parió en el puerto de Veracruz, Veracruz, pero en realidad soy de un pueblo denominado Santo Domingo Tehuantepec, Oaxaca. Mi padre era marino militar, mi madre ama de casa, indígena zapoteca analfabeta, para más señas, quien me enseñó a amar a los libros. Esa es la realidad, en aquel tiempo y en éste, de los pueblos de la nación: las madres analfabetas se encargaban de inculcar en sus hijos el amor por los libros, y las armas; la pasión por nuestro pueblo, las calles, la iglesia, el mercado: las fiestas, la música de la región.
En el barrio donde crecí celebramos la fiesta de Asunción de María, el 14 de agosto: esta es la fecha en que nos tocaba estrenar zapatos y pantalones, camisa manga larga. La fiesta de agosto nos robaba la cabeza, era esperada con ansias. La gente se preguntaba qué grupos musicales traerían los organizadores, y hasta venían a celebrar con nosotros mujeres y hombres de otros barrios y otros pueblos.

Viernes, Febrero 12, 2010

Sabato

imageEl hombre nació en Rojas, provincia de Buenos Aires, Argentina, realizó estudios de física y filosofía en la universidad de La Plata. Trabajó en los laboratorios Curie, en París, hasta que en 1945 lo abandonó todo para dedicarse a la incierta tarea de escritor.
No le fue mal en la aventura, logró los premios Cervantes, Menéndez Pelayo y el Premio Jerusalén, logró la admiración de escritores como Camus, Greene y Thomas Mann. Su salto al vacío nos legó un ejemplo de templanza y arrojo, valor y talento.

Pero no existe escritor alguno que no ande por esta vida de miedos y miseria sin que se plantee sus propias interrogantes, sin que se cuestione sobre su quehacer, sobre esa actividad cotidiana, escribir, a la que dedicará todas las horas y días de su existencia.
Sin preguntas sobre lo que haces, sobre a lo que te dedicas, no se llega a ninguna parte. Así nos lo demuestran cientos y cientos de creadores que llegaron a significar su voz en medio del gran río de la palabra del espíritu humano.
Aquí, a manera de resumen, algunas respuestas a las que llegara el inmenso Ernesto Sabato.
1.Y en cada una de esas ocasiones he ido haciendo conciencia de esas oscuras motivaciones que llevan a un hombre a escribir seria y hasta angustiosamente sobre seres y episodios que no pertenecen al mundo de la realidad; y que, por curioso mecanismo, sin embargo parecen dar el más auténtico testimonio de la realidad contemporánea.
2.…la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma _quizá la más completa y profunda_ de examinar la condición humana.
3.Es que no se debe confundir conocimiento con razón.
4.El existencialismo actual, la fenomenología y la literatura contemporánea constituyen, en bloque, la búsqueda de un nuevo conocimiento, más profundo y complejo, pues incluye el irracional misterio de la existencia.
5.Me parece que ha llegado el momento en que asumamos nuestra realidad espiritual con entereza, sin arrogancias pero también sin sentimientos de inferioridad.
6.Lo que hagamos de original se hará con esa herencia o no haremos nada en absoluto.
7.¿Qué, quieren una originalidad absoluta? No existe. Ni en el arte ni en nada. Todo se construye sobre lo anterior, y en nada humano es posible encontrar la pureza.
8.Para bien o para mal, el escritor verdadero escribe sobre la realidad que ha sufrido y mamado, es decir sobre la patria; aunque a veces parezca hacerlo sobre historias lejanas en el tiempo y en el espacio. Creo que Baudelaire dijo que la patria es la infancia.
9.La novela de hoy se propone fundamentalmente una indagación del hombre, y para lograrlo el escritor debe recurrir a todos los instrumentos que se lo permitan, sin que le preocupen la coherencia y la unicidad, empleando a veces un microscopio y a veces un aeroplano.
10.La misión del hombre es dar la vuelta al mundo en 80 días, no favorecer el prestigio de los elefantes o la venta de bicicletas.

Semilla que germina

imageElla me enseñó las primeras letras: con su voluntad solidaria pude llegar a recorrer ciudades, puertos, mares e islas. Quien te enseña a leer y a escribir, quien comparte contigo su amor a la lectura, te abre las puertas del universo. Su amor solidario me llevó a recorrer la vida, el mundo, siempre bajo su amparo. El mayor placer que compartía era alimentar a sus seres queridos. Afanosa gobernaba la cocina, capitana nos observaba degustar los platillos, convivir en armonía.

Asumió con soberanía las leyes del vivir: educó a sus hijos y en todo momento llevó con dignidad su destino, la orfandad y los males del cuerpo.
Su mayor preocupación eran sus hijos, pero, lúcida, la última tarde que hablé con ella se despidió de mí dándome un beso en la frente y dejó abandonar su cuerpo valiente.
El beso me arde en la frente todavía, en los labios luego que besé su frente. Mis manos imploran por sus manos, solitarias. Antes de dormir la veo en su cama de hospital.
El día domingo, antes de amanecer a la hora de su entierro, soñé con ella: bailaba en la fiesta de nuestra señora de Asunción de María, un 14 de agosto.
Ella fue solidaria con la gente del barrio; en ese sueño, en ese baile, estaba rodeada de sus amigas y comadres, de chela shuanas, de nuestras autoridades religiosas, populares en este Tehuantepec nuestro hoy tan dolido.
La iglesia del barrio estaba a reventar, el día de su misa de cuerpo presente. Largas filas de solidarios amigos llegaron a dar el pésame. Les agradezco su aprecio, su gesto de bondad.
Deja a tres hijos que hoy sufren ante la ausencia de una madre que supo protegerlos en la dicha y el sufrimiento, que los creció en base al buen ejemplo, a los valores de gente buena, a la solidaridad y al trabajo.
Ahí queda pues una vida. Dependerá de los que quedamos por esta tierra seguir con sus proyectos, su trabajo de dar amor en el mundo.
Ese viernes que falleció en el puerto se detuvo el aire. Al amanecer, antes de su muerte, pude observar un cielo claro y tranquilo. Luego todo fue un torbellino, llanto, angustia ante la impotencia de no poder detener la vida que se escapa por un inhalador, una mascarilla de oxígeno.
Ese fue el fin de una vida corta pero productiva. Apenas el año anterior le habíamos celebrado sus 50 años, un 21 de marzo en que fue feliz y dichosa.
Hoy vengo del cementerio a recordar a mi hermana María Guadalupe frente a estas letras inútiles en la hora de la desgracia.

El diario, Vaso con agua, Indra, Muerte en el aire

El diario

El diario me trae todas las mañanas los temas de mi escritura. Ahí encuentro los crímenes necesarios, los fraudes del poder, los amores célebres. El diario es el espacio donde me extiendo sobre la ciudad. Lo espero desde la madrugada, cuando me levanto a afilar mis lápices, a arreglar el papel donde escribo, mi mesa de trabajo. Como mi vida es la de un miserable, necesita el diario para mis escritos. Con esos temas que desarrollo quizá te identificarás, mujer, pues mi existencia ya no puede entregarte nada, ni caridad ni lástima.
Por eso escribo de las cosas que pasan en las hojas del diario.

Vaso con agua

Nos llegan noticias del mundo a estas tierras. Alertan de posibles suicidios por la crisis económica en las naciones del primer mundo. La gente se suicida, no es feliz. Los medios de comunicación esperan con ansias suicidios masivos, gente que se arroje de las ventanas en los altos edificios por millones. Imágenes cruentas que recorran el mundo por millones, las casas, las calles y el patio donde vivimos.

Lo que antes fue ahorro, propiedades y fortuna se convierten hoy por la crisis financiera en razones escrupulosas para la muerte. La dicha se troca ahora en desdicha de los que tuvieron y hoy nada tienen. En tanto, los pobres del mundo bailamos a ritmo de mambo mientras leemos las noticias sin llegar a comprender bien a bien por qué se mata esa gente, si llegar a tener nada es lo más común entre nosotros, tan claro como un vaso con agua. 

Indra

Miles de años quedaron esparcidos en la vía rápida. La imagen era la del fin del mundo:
una elefanta tendida sobre la carpeta asfáltica frente a centenares de autos y camiones.
Era de noche. Pudo más un minúsculo gato dañero que toneladas de fuerza prehistórica.
Indra, tu nombre esclarece el universo. Gato, infeliz, brinca la cerca, tu fuerza es superior
a ala de todos los hombres, todos los autos y todas las divinidades sobre esta tierra.

Muerte en el aire

Se murió Cuerino cuando se metió a una cueva a buscar a su perro. Un animal de esos bien vale la pena la muerte. Lo que no vale la pena es morirse y salir en televisión nacional, con el culo para arriba. Un perro no vale la pena para levantar el culo en cadena nacional. Morir es fácil, cualquiera lo hace, hasta por una mujer o un perro. Se murió Cuerino, cuando se metió a una cueva a buscar a su perro. 

Autobiografía III

Desde mi juventud tengo en la cabeza la imagen de miseria y sufrimiento de aquella tierra donde nacieron mis padres. Yo sólo era un hombre detenido junto a la carretera que conduce al mar, pero ya estaba cargado de aquel sufrimiento. Así anduve por la vida, con aquella imagen, hasta que un hijo de Dios puso su mano en mi hombro y luego me extendió un libro. Pero mi persona, mi cabeza toda, continuaba con aquella imagen cruel.

Enloquecí de rencor, rodeado por gente que sólo le interesaba un presente que los llenaba de migajas. Por aquellas tierras no llegaba aún la locura de la refinería petrolera. Un hombre sólo podía ser campesino, músico o sastre, e imaginar las combinaciones posibles de esos tres oficios para sobrevivir. Porque nunca aspiré a ser comerciante, de ellos sólo pretende a sus mujeres o a sus hijas.

Busqué al alcohol y a las putas para curarme de esa imagen que me llenaba de soledad. Llegué al mar que repetía mi nombre en cada golpe de agua sobre la arena, en cada tumbo de la ola. Pero el mar, buen padre, sólo decía mi nombre, nomás. Me acerqué por las calles de la colonia San Juan donde encontré pendencias y amigos. El mundo, nuestra tierra, mi país, estaba loco en espera del fin del siglo. Se hacían cosas locas, por el temor del final de los días. La gente no importaba, se requería sólo del progreso, de los avances de la tecnología. Penos iba importar, señoras y señores, un huérfano de padre que al cabo que esos salimos sobrando en nuestra tierra.

Encontré a los hombres del mar, a los trabajadores de las inmensidades oceánicas, a los pescadores de camarón. Ellos me enseñaron que un hombre sólo debe vivir en tierra en tiempo de veda, cuando el gobierno con sus leyes te obliga a suspender tu trabajo. Ese tiempo no es mayor a los tres meses, porque tiene que regresar a su espacio que es el mar y no la tierra. Me identifiqué con ellos, fueron jornadas felices. Eran los tiempos de la buena captura del peneus, tiempos idos que ya por estos días ni llorar por ellos es bueno.

Ellos fondeaban en aquel entonces en Puerto Madero, Chiapas, donde se extendían sobre la arena caliente más puteros que domicilios particulares. Eran las horas en que en los países vecinos, Guatemala, El Salvador, había guerra civil y aquella gente, para abastecerse de alimentos, mandaban a sus hijas a putear, a venderse por un kilo de arroz, una lata de leche, algo de ropa.

No existían bandas de delincuentes, sólo militares y guerrilleros. Cuando la buena pesca sonreía al marinero, al momento de atracar por reparación de la nave o enfermedad de algún tripulante, bajaban a tierra a buscar lo mismísimo que Rodrigo de Triana en aquella expedición hoy famosa que encabezó el almirante de la mar océano, Cristóbal Colón: buscar putas. Si la reparación del navío tardaba una semana, la misma semana entera se la pasaban entre las mujeres y el alcohol y comida del mar. Si la duración era de un mes, el mes entero se lo comían.

Esa era la vida de esos hombres valerosos y simples, que no hacen planes para los años de la vejez porque sabían bien que en cualquier hora, la próxima, podrían terminar acribillados o en la siguiente salida a pescar su embarcación naufragaba.

Me educaron para combatir en los burdeles, en las cantinas, en las calles y en las iglesias. Pero gracias a aquella educación sabia hoy existo.

Pero mi cabeza y mi alma ya estaban contaminadas por el virus letal de la escritura: y ya me brotaban los primeros pelos en la mano como queriendo escribir todo aquello que veían mis ojos. Pero era un chamaco yo, grumete de barco camaronero que navegaba en las aguas del último puerto del Pacífico de esta nación tan grande y tan de mala memoria.

Así que sólo podía continuar con la travesía y en los momentos de vientos buenos, en el mar o en tierra, esconderme en cualquier sitio, hasta en cuarto de máquinas, para sacar un papelito y mi lápiz e iniciar la escritura de mis primeros poemas que, cualquiera que escribe sabe, eran una vil copia de los trabajos de un poeta mayor.

Con mi cara de huérfano, verdadero engendro del mal y con malas costumbres, posteriormente recorrí modas y estilos literarios, autores, hasta que esas lecturas me hicieron llegar a la pregunta primera: ¿Para qué se hace escribe? Generosos amigos me dijeron: es hacer el cuestionamiento de la relación, de la conexión entre la literatura y su meta más elevada, la totalidad-mundo. Desde entonces camino por la vida con las palabras de mi tierra y mis preguntas necesarias que me han hecho llegar a estos días de tsunamis financieros que ponen en jaque a la humanidad toda.

Autobiografía II

José Rito Katt, mi padre, al inicio de la década del 40, en el siglo pasado, contaba con escasos ocho años de edad: vivía con sus padres en el puerto de Salina Cruz, Oaxaca, en el Istmo de Tehuantepec. Juan Rito, su padre, mi abuelo, era de oficio pescador. Para mantener a su familia este hombre se incorporaba a las dos de la mañana, para salir a pescar al ante puerto. Quien lo acompañaba a su jornada laboral era mi padre, José.

Que un niño saliera de su cama a las dos de la mañana a trabajar con su padre al mar, no era asunto que importara a ningún habitante de aquel puerto que importara a nadie. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial y todos debían entregarse al trabajo, incluso los niños y los ancianos. Corrían rumores muy desgraciados sobre la invasión alemana a nuestro país y sobre el fin del mundo. Así que todos debían trabajar, hasta las criaturas.

Algún tiempo después, cuando yo ya andaba activo en el puerto, el abuelo de una mujer que me prestaba su cama me contó los días de la infancia de mi padre. Aquel hombre que utilizaba una pata de palo me dijo que el reloj despertador de buena parte de la gente del puerto era el llanto de mi padre, que era arrastrado a la playa del antepuerto a soltar la panga y salir a las aguas del Pacífico, a remo, a tirar las redes.

Digo, esto que menciono no sorprende a nadie en estos tiempos de los derechos de las niñas y los niños, de las y los adolescentes. Ahora en que un hijo menor puede demandar ante las autoridades a sus papá por el sólo hecho de que el hombre le haya puestos sus cuerazos por comportarse mal o reprobar en la escuela.

Otros tiempos aquellos, señores, cuando a los niños los hacían hombres y a las niñas mujeres. Por estos días de Dios y María Santísima que corren ya no se sabe quién es quién en los precios: el niño es niña y la niña es niño. Pero bueno, cada quien con su cada cual y cuestión de gustos y posturas: por algo el mundo es redondo y rueda: a mí que me registren.

Sólo vine a mencionar aquí aquellos días del 40, del siglo pasado, cuando el niño José Rito Katt, mi padre, salía en las horas de la mañana al Océano, para ayudar a su padre en la captura de los peces del mar que posteriormente tía Josefa y Tía Natalia recibían en las planchas del mercado público municipal, del puerto.

Así creció la infancia de mi padre hasta que un día decidió inscribirse en el Sector Naval Militar de la Armada de México, en Salina Cruz; contaba con no más de 13 años de edad: en esas horas de su infancia se hizo a la mar, hasta el día de su muerte a la edad de 54 años.

Tampoco esto es algo extraordinario en un país como el mío, México, donde el territorio nacional está sembrado de viudas, huérfanos y hombres en edad productiva que pierdan la vida.

Sólo cuento parte de la infancia del hombre que me dio la vida, sólo eso. Sólo trato de presentarles unos momentos del marino militar que desposó a una indígena zapoteca, en esta Oaxaca nuestra, Oaxaca de esperanza y de olvido.

De esa unión viene este escribidor que se atreve a levantar la letra contra el viento, cuando esto sí es algo extraordinario, poco usual, en esta tierra nuestra donde campean los hijos de puta, los delincuentes y plagiarios en medio de tanta gente con esperanza e ilusión. De gente que quiere testimoniar su momento de existencia, el correr de sus días.